Cuando interiormente tienes un deseo, el corazón abre las alas y emprende el vuelo para ayudarte a cumplirlo. Esta es la historia de un deseo: ayudar. No sabía ni cómo, ni cuando iba a hacerlo realidad; hasta que un día salió de mis labios esa ilusión y un corazón con alas que lo escuchó me dijo: “Voy a llamar a Andresito”.

  • ¿Andresito? —le pregunté yo.
  • Sí, Andrés Olivares que creó la fundación que lleva su nombre.

Hasta ese momento, solo había escuchado hablar de ellos por el desfile de Star Wars al que llevé a mi hijo. A los pocos días, una llamada de la Fundación me citó en el Hospital Materno Infantil y pensé: “¿No podría ser en otro lugar?” Mi hija nació con un problema congénito que me hizo ir muchas veces. Aunque se recuperó de maravilla, gracias a un equipo magnífico de médicos y enfermeras, tenía recuerdos dolorosos.

Hay veces que la vida coge tu mano y te lleva a enfrentar tus peores miedos para que los superes. Y en esta ocasión me empujó y me dijo: “Confía en mí”.

Cuando llegué, me esperaban dos personajes del cielo: un guerrero de las galaxias con su mejor sonrisa llamado Rober y Andrés, piloto de emociones latiendo al ritmo de su corazón. Me recibieron con un abrazo y sentí un terremoto que derrumbó mis muros del miedo: había llegado al lugar correcto. Me invitaron a subir a un vuelo lleno de magia y despegamos.

Primero visitamos la Sala Blanca donde la luz emanaba de las paredes y las mariposas mostraban sus vivos colores. Vi estrellas disfrazadas de médicos y enfermeros; hadas jugar con los niños por los pasillos mientras Spiderman extendía sus redes de alegría entre olor a desinfectante y mascarillas. También los payasos convertían la música en esperanza.

Hubo vuelos en los que la altura cambió mi visión y las cosas a las que daba excesiva importancia desaparecieron. Aprendí la importancia del acompañamiento, la grandeza de un abrazo o el valor del silencio.

Pasado un tiempo, mi corazón volvió a pedirme un deseo: “Quiero que los niños se sientan felices dejando volar su imaginación”.

Y como la imaginación de los niños es una ventana mágica a las estrellas, recopilé cuentos, inventé historias y llevé mariposas para ofrecerlas. Una tarde entré con Andrés en una habitación para visitar a Víctor. Les hice una foto mientras se abrazaban y después Víctor también me dio un abrazo; me quedé sin palabras y un tesoro de sonrisas se guardó en mi corazón.

Pasadas unas semanas volví a verlo y estaba un poco tristón.

—Ha pasado un mal día— me dijo su padre. Entendí que estaba cansado. Pero mi corazón volvió a hacer de las suyas y me dijo con fuerza: “Tienes que devolverle el tesoro de la sonrisa” y puso en mis labios estas palabras a pesar de no haber preparado un cuento:

  • ¿A dónde prefieres ir: al campo o a la playa? — le propuse.
  • A la playa— me dijo mirándome con curiosidad.
  • Bien, cierra los ojos, relájate y vámonos.

Víctor cerró los ojos y dejó el móvil con el que jugaba. Cogió cubos y palas para ir a su playa preferida. Se acercó a la orilla y metió los pies en el agua; le dije que dejara que el agua disolviera la tristeza que le impedía estar completamente alegre. Al salir, hizo a su alrededor un gran castillo de arena con cuatro torres llenas de conchas. Construyó altos muros y cuando iba a tapar la entrada, un pulpo y un cangrejo emergieron desde el mar y entraron sin pedir permiso.

El pulpo se encaramó a la torre más alta para vigilar y el cangrejo abrió su mágica pinza. Víctor se quedó estupefacto ante aquella invasión, hasta que el cangrejo le dijo:

  • Tengo que buscar el cofre mágico escondido en tu castillo.
  • ¿Un cofre mágico? — le preguntó Víctor asombrado.
  • Sí, ayúdame a escarbar.

En ese instante, entre los dos, el cangrejo con sus grandes pinzas y Víctor con su pala preferida, hicieron un gran túnel bajo la arena por la que descendieron hasta llegar a una inmensa cueva. Las paredes estaban llenas de estrellas de mar luminosas. En el centro, había un cofre brillante sobre una roca. El cangrejo lo abrió y le dijo a Víctor:

  • Ahora debes guardar tu tesoro en este cofre mágico.
  • ¿Cuál es mi tesoro?
  • El tesoro son los deseos y las ilusiones de tu corazón.

Víctor, con los ojos cerrados, hizo lo que el cangrejo le indicaba: buscó esos deseos e ilusiones, los metió en el cofre y cerró la tapa.

  • Ahora salgamos de aquí, que el pulpo y yo lo llevaremos al lugar que le corresponde.
  • ¿Y qué sitio es ese? — le preguntó Víctor.
  • A la isla donde se cumplen todos los deseos.
  • Oh! —exclamó —. ¿Y existe un lugar así?
  • Sí, muy lejos… en medio del mar, donde los delfines y las sirenas lo protegen bajo el sol y la luz de las estrellas.
  • ¡Vale! — dijo Víctor sonriente.

Y así fue cómo el pulpo, con el cofre agarrado entre sus tentáculos, y el cangrejo emprendieron el viaje. Víctor se despidió sonriente y les deseó un feliz viaje; por fin llegaron a la isla de los deseos al amanecer. El sol coloreó las nubes de color naranja; el cangrejo y el pulpo depositaron el cofre del tesoro en una gran roca en la orilla donde se posó el primer rayo de luz. De esta forma, la oscuridad de la noche se transformó en la luz de un nuevo día… y el tesoro de Víctor llegó al lugar correcto: a la isla donde se cumplen los deseos.

Y colorín colorado… este cuento ha terminado.

Víctor abrió los ojos, me miró y me regaló una sonrisa. En ese instante, comprendí que el corazón nos guía y tiene alas para volar.

Aquí os dejo la imagen con la que podréis revivir la experiencia del momento en el que Andrés me llevó a visitar a Víctor por primera vez.

Inma T., una voluntaria agradecida.

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