Hace un año ya…  en el despacho de Macarena, nuestra trabajadora social, y tras una larga conversación con preguntas y respuestas cruzadas, me aceptaron para formar parte del voluntariado de Fundación Olivares. Estaba llena de ilusión, ganas y desconocimiento de lo que podía llegar a vivir en este mundo de alma, magia y corazón, que te sorprende, te envuelve, te atrapa y te enamora.

Primero empecé a conocer a compañeros que hoy ya muchos forman parte de mi vida y de mis afectos, cada uno me sorprende con algo diferente, pero todos compartimos la esencia de la Fundación: la infancia de estos peques, ¡nuestros peques!

Llegó el día de ir con el Carrito Mágico a hospital de día, mi compañero Yiyo y yo, expectantes ante lo que íbamos a encontrarnos en esa sala y, por qué no decirlo, algo nerviosos, pero todo se esfumó cuando solo vimos niños que te dan lecciones de amor, valentía y naturalidad a pesar de sus edades, en procesos complicados, largos y traumáticos.

No dejan de sorprendernos con la capacidad de sonreír tras un llanto, un “no me pinches” o un “me duele” y de poder jugar tras sentirse algo mejor.

Adolescentes más reacios a contactar con nosotros ya que, lógicamente, tienen más conciencia de lo que les ha cambiado su día a día, pero que acaban compartiendo al menos una sonrisa o aceptando una pequeña conversación. Intentamos que todos ellos, al margen de su edad, nos hablen de sus hermanos, sus amigos, su ciudad (algunos vienen de Melilla, otras provincias o pueblos), de qué es lo que más les gusta hacer (sin contar la PlayStation, el móvil, la Tablet, etc.) o de regalarte una mirada de ilusión y sorpresa ante cualquier detalle de nuestro Carrito Mágico con el que intentamos cada martes o jueves que sea vistoso y llamativo para ellos.

No me olvido de los bebés, ellos son felices con algo colorido o simplemente vaciando y volviendo a llenar alguna de las cestitas de nuestro carrito. Les encanta y les hace reír y a nosotros nos enamora que disfruten con tan poca cosa.

Dejamos que elijan algo para ellos, para mamá y papá o sus hermanos. Algunos tan generosos, que si les ofreces dos detallitos, te dicen que  hay más niños y que vaya a faltar para otros, aunque vean el carrito repleto.

Otros que escriben mensajitos de ánimo para otros niños que comienzan su propio proceso.

Hay miles de ejemplos y anécdotas que reafirman la solidaridad y empatía entre ellos. Hace unos días, teníamos en el Carrito Mágico un solo paquete de cocinitas del que se enamoró una de nuestras niñas y que cogió con toda la ilusión para jugar en la sala porque, como me dijo ella, no tengo pelo, pero soy una niña…jajaja. “Lo sé”, le contesté, “eres preciosa siempre” y como yo estaba en cuclillas, se fundió conmigo en un abrazo que inició ella y que me llenó el alma. ¿Magia? ¡Pura generosidad!

Acto seguido, nos llamó otra chica de la misma edad pidiéndonos otro juguetito igual para ella. El juego era llamativo, lleno de piezas de colores y como no había más, propusimos abrir el paquete, repartir su contenido y poder así jugar juntas mientras esperaban a que les tocara recibir sus tratamientos. Sin problema… así lo hicieron las dos… repartieron las piececitas y a jugar. ¡Siempre enseñándonos tanto! ¡Cuántos pequeños maestros!

Encontramos padres que se abren con nosotros en conversaciones de preocupación u optimismo y en abrazos de complicidad. Peques que bajan a quirófano  despidiéndose moviendo sus manitas cuando les decimos: “hasta ahora, será un momento” o les aplaudimos.

Nuestra Sala Blanca, paraíso del juego en las esperas a consulta. Padres, niños  con sus mascarillas de dibujitos y voluntarios picándonos con las palizas que nos dan algunos peques o virtuosos de la PlayStation…

Jamás soñé cuánto podría llegar a sentir dentro de este mundo, con estos niños que crecieron tan rápido y a la fuerza, con estos padres tan enteros y vulnerables a la vez y, como no, con todos mis compañeros que compartimos un objetivo, conseguir que su infancia sea la prioridad.

Hace poco, se incorporó al proyecto del Carrito Mágico una compañera, mi compañera Carolina. ¿Cómo podéis imaginar una voluntaria madre de dos peques y que ha vivido en primera persona su propio proceso oncológico?

El pasado jueves, llegó con brillo en los ojos, riendo y nos dijo a los compañeros de Sala Blanca: “¡Hoy me han dado el altaaaaaa!”. ¡Todos la abrazamos y la felicitamos entusiasmados!

 A continuación, bajamos a la primera planta, nuestro hospital de día, con el famoso Carrito Mágico. Nada más entrar, una mamá nos enseñó el vídeo de una pequeña que acababa de recibir el alta y había tocado la famosa campana que hay en el pasillo consiguiendo emocionar a todos sin medida al verla subida en una silla para poder llegar.

Fue entonces, cuando Carolina compartió con esa mamá su experiencia personal, esa noticia de que había recibido el alta médica ese mismo día, pero nos comentó que en el centro en el que la trataron no hay campana de despedida  y que le hubiera gustado vivir esa experiencia. Esta señora, toda entusiasmada, se levantó en el momento de su asiento y pidió a los padres y a una enfermera que acompañaran a Carolina a tocar su campana porque estuvo malita y ¡ya tenía el alta! Inmensa generosidad de todos ellos.

También lo hicieron desde sus sillones, cada uno de los niños que estaban con su tratamiento y no se pudieron desplazar. Había que ver sus caras de sorpresa, al saber que “su Carolina”, una voluntaria, la que hablaba con ellos, se sentaba a su lado o les buscaba un gorrito de lana bello para ellos, había vivido lo mismo que ellos y ¡¡¡ya estaba curada!!! 

Jamás pensé que vivir “mi primera campana” en directo me iba a hacer tan tan feliz y que se trataría de una compañera tan absolutamente adorable como Carolina. 

 Vimos a una mujer empoderada, tocando enérgicamente, porque  era su ilusión y porque sentía que iba a seguir viviendo “pisando fuerte”, disfrutando cada segundo,  cada experiencia y cada día, como si fuera el único. Con brazo en alto sintiendo haber superado ese jarro de agua fría que un día le derramó la vida y le aplastó el alma. Cabeza hacia atrás mirando al cielo y el universo con gratitud, como si ese pasillo no tuviera techo y le estuviera dando el sol y el aire en su rostro o su cuerpo. Cara empapada de lágrimas brillantes, sujetas por una enorme sonrisa  que iluminaba su cara, irradiando la felicidad que  se valora, cuando el precio pagado fue el sacrificio, el sufrimiento y el esfuerzo.   

Nos contagió  esa emoción a todos los que la acompañábamos con aplausos, incluida la enfermera, que decía que siempre se emocionaba cuando alguien tocaba esa campana…

Mi homenaje también al personal del hospital de día,  que sigue “sintiendo”  después de tantos tratamientos vividos, pendientes de cada peque y de sus familias, sabiendo el nombre de todos y recibiéndolos cada día con una sonrisa y un piropo. Cuántas veces al llegar con el carrito, nos han dicho: “esa niña está muy asustada, es su primer día”, o “esa mamá está hoy muy angustiada”. Tienen  todo el corazón del mundo, son profesionales y humanas.

Todos los voluntarios disfrutamos de cada día en las dos salas, porque ellos son héroes, protagonistas y por encima de todo… ¡Niños y niñas! 

Espero vivir muchas más campanas. Este rito pretende ser un acicate de esperanza para los que están en el camino y de superación para los que llegan hasta ella y logran  tocarla. Muchos de nuestros niños lo harán y lo disfrutaremos Carolina, otros voluntarios  y yo.     

Felicidades mi querida “compi del Carrito Mágico” y gracias por regalarnos poder compartir tu triunfo y esta experiencia con todos nosotros.

¡Los peques representaron a tus hijos, las familias a la tuya y las compañeras a todas las personas que te quieren!

ALMA, MAGIA Y CORAZÓN, no hay mejor descripción.

Puri, una voluntaria con mucho mucho amor, dedicación y pasión.

5 Comentarios. Dejar nuevo

  • Emocionante leer tu historia, “mi historia” contada por tí y tus bonitas palabras. Me hace revivir ese momento de nuevo y me emociono mucho, no sólo por lo que significó para mi, el fin de una pesadilla…también porque lo viví con la Fundación que tanto me ha dado, con “nuestros niñ@s” ( mis grandisimos Campeones) y sus familiares que tanto nos enseñan…y contigo Puri y el resto de compañeros voluntarios. Gracias por contarlo tan bonito y gracias por haber estado allí conmigo. Jamás podré olvidarlo❤💚

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    • Carolina, gracias a la generosidad de Raquel y a ti por regalarnos ese momento. Ya lo tenemos grabado en el alma para siempre tú y yo.💚❤

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  • Concha Trigueros
    31 marzo, 2020 5:40 pm

    Que emocionante!! Compartir ese momento lleno de luz.
    Que maravilloso servicio hacéis. Repartiendo sonrisas, compartiendo miedos y esperanzas. En una palabra “Dando lo mejor de vosotros”. Pero que difícil y generoso.

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  • Ya me conoces un poquito amiga , no me soltaste la mano en esos meses tan difíciles que vivimos las niñas y yo .
    Me siento orgullosa de ti y sigo pensando que no me equivoque cuando detras de tu mesa me recibiste por primera vez y escuchaste y creiste en mi .
    Me alegro que la Fundación cuente con personas tan maravillosas y que hayas encontrado tu camino , espero algún día tener la suerte de poder compartir tan bonitos momentos Y ayudar humildemente en lo que sea posible
    Enhorabuena a todos y cada uno de los que hacéis tan maravillosa labor .
    Un abrazo Puri

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  • Que bonito testimonio, Puri!!!!
    Es un privilegio poder disfrutar contigo de la experiencia de la sala Blanca y que nos trasmitas a el resto de los voluntarios esa energía que brilla por donde vas…
    Pronto podremos volver con nuestros niños y sus papás…..
    Un besazo, compi!!! ❤️💚

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