Escuché a mi hija mayor, Rocío, de doce años, hablando con su madre, también Rocío. Habíamos visto recientemente una exposición sobre el Big Bang:

  • Mamá, no sé si creo en Dios, en la ciencia, en las energías, en algo más, en fin…

Nunca en casa nos hemos metido en su forma de pensar y entonces me asomé y le conté lo que os narro:

Resulta que me encantan las tómbolas de la feria, se me dan bien las canastas, pésimamente los dardos y regular unas grúas que van recogiendo regalos pequeños, mayormente peluches.

Dichas grúas te dejan que más o menos recojas el premio en un principio, pero el recorrido es lo problemático, porque es tan lento que de una forma u otra acaba el peluche casi siempre dentro de nuevo. Para atraer a la “clientela”, siempre ponen algún objeto de ínfimo valor casi para caerse (algún minicojín, un llaverito de publicidad de camiones Pepito Pérez…) y así con ese estímulo, la gente sigue tirando, aunque claro, el eurillo primero ya ha caído.

Pues bien, este año me fijé que como reclamo en algunas había nada menos que marionetas de animales y pensé: ¡Qué chulada, no comprendo cómo la gente no le da valor con el potencial para hacer reír y sentir que tienen! Estaban como vulgarmente se dice “muertas de asco”. Un euro parecía un precio demasiado alto para esa especie de peluches delgaduchos.

Os podéis imaginar las que me llevé a casa… ¡nada menos que seis!

Hace un par de semanas estaba ordenando el armario de mi pequeña Carolina, de ocho años y con canción propia: Carolina, trátame bien…y me di cuenta de que allí estaban las marionetas. No les di mucha importancia…

Los martes, como siempre, voy a la sala del materno y luego bajo con el carrito mágico (que es verdad que lo es) a hospital de día. Siempre llevo una mochililla al estilo bolsillo de Doraemon, con mis truquillos, pinceles, tazas, etc. y aquel martes, justo al salir por la puerta de casa, NO SÉ POR QUÉ, me volví sin ningún sentido, ni ningún plan y me llevé a dos marionetillas: un zorro y una especie de comadreja. Llego al hospital y estoy una horilla y media en la sala blanca donde me recoge mi compañero Yiyo y nos dirigimos a la primera planta (donde se ubica el hospital de día) con el antes mencionado carrito.

A mí me parece que es mágico de verdad porque a diferencia de estar en la sala blanca, donde digamos “jugamos en casa” con juegos y juguetes con los que estamos familiarizados, en el carrito nos dirigimos a niños y niñas en plan ”puerta fría”, ya que muchos de ellos están en la cama, otros muy cansados esperando a que les llamen… y la magia está en que saca lo mejor de nosotros mismos, de los voluntarios que allí vamos, ya que tenemos que improvisar, reinventarnos… es decir, en la sala vienen a vernos porque quieren y con el carrito somos nosotros los que tenemos que sacar fuerzas para entretener y eso para mí es un estímulo, a la vez que una gran responsabilidad.

Al minuto de estar en aquella sala grande y aquel día preparando mil y un juegos, aparece una enfermera y un enfermero que me llaman con mucha vehemencia. Me puse nervioso porque no sabía de qué iba la cosa, además de que te llamen con tanta seriedad en un hospital, impone. Total, que me llevan a una sala de curas donde estaba mi amigo Alvarito agarrado por personal del hospital ya que le tenían que inyectar, confieso que es la segunda vez que se me saltan las lágrimas, mientras escribo, ya que esas palabras en un niño, afectan:

  • ¡Por favor, hoy no, otro día!

 Me habían llamado para entretenerle. Entonces dije:

  • Un momento…

Corrí como un descosido a por mis marionetas, me senté en el suelo e improvisé un teatrillo cómico. Álvaro empezó a carcajearse y ¡Voilá!, le inyectaron sin que se diera cuenta.

Qué le quise decir a mi niña con esto: Pues que algo habrá que haya querido que esas marionetas estuvieran allí ese día. ¿Casualidad? ¿Magia? ¿Energía? ¿Dios? ¿Amor? La verdad, es que no estaba en mis planes contar aquello como tampoco lo estaba sacar esas marionetas, pero al ver lo impresionadas que quedaron mis mujeres me di cuenta de la dimensión y riqueza que me dan esos ratos en un sitio aparentemente frío como es un hospital.

Pero como esta historia parece querer escribirse sola, hoy mismo, Macarena (la trabajadora social) me ha recordado que estaban esperando verla por escrito y hoy mismo precisamente, ha dado la casualidad de que la enfermera que me llamó, que se llama Poli, me dice:

  • ¡Mira, te he visto en una foto!

Yo creía que era algo de la Fundación y resulta que el día que ocurrió lo de las marionetas, me sacaron una foto. (Ahí os la mando al final de la historia).

¿Casualidad? ¿Magia? ¿Energía? ¿Dios? ¿Amor?

Lo que sé es que esa foto para mí es algo especial por tres motivos:

Primero: No es un posado y capta el momento.

Segundo: Es una historia de amor que acaba bien.

Tercero: Puedo decir que a mis cuarenta y seis años, mi coronilla aún goza de buena salud y ¡que la comadreja todavía conserva la etiqueta!

¡Muchos, muchos, muchos corazones!

Antonio Navas - Voluntario Fundacion Olivares

Antonio Navas, voluntario del año 2019

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